Institucional

La libreta de Alfredo

La libreta de Alfredo

- ¿Había o no había un pollo, mamá? –
Era la cuarta vez que Alfredo, el lagarto más pequeño, preguntaba lo mismo.

- Realmente fueron cinco pollos, hijito. Lo que pasa es que al abrir la barriga de la serpiente, cuatro pollos aún estaban vivos y salieron volando –

La cara del lagarto era de puro “asco”. Puso la boca torcida y formó un ruido parecido a - “gruahsssssssssssgggggg…” – Los dos rieron y Alfredo volvió a preguntar con una sonrisa que ya rozaba la pena… - ¿Qué le pasó al pollo muerto ?

- Mira, mi amor, cuando los cinco pollos y la serpiente se encontraron, ninguno sabía nada del otro; es decir, era la primera vez que los pollos veían a una serpiente y la primera que la serpiente veía a un pollo. Se quedaron mirándose durante largo rato ya que eran tan diferentes. A los pollitos les hizo gracia ver que Amalia la serpiente, se arrastraba tanto y pensaron que estaba bailando. Se fueron acercando haciendo los mismos movimientos entre bromas y “píos”, pero claro… revoloteando, porque ellos no podían arrastrarse. Amalia, que era tan joven como ellos, se asustó un poco y se replegó de repente sobre sí misma haciéndose una rosca mientras emitía un sonido silbante…”sssssssiiiiivvvv…”

Los hermanos pollos se quedaron parados de golpe. Se miraron entre ellos con las alas agachadas y uno de ellos se sentó en el suelo mirando tranquilamente a la serpiente. Cuando todos vieron que, tanto Amalia como su hermano, estaban quietos y tranquilos, se sentaron juntos y durante largo tiempo ninguno se movió –

- ¿Y entonces qué pasó, mamá? Si se estaban haciendo amigos, ¿por qué se los comió? – Alfredo estaba muy impaciente por saber cómo había sucedido para que los pollos fueran a parar a la barriga de la serpiente.

- Se estaban reconociendo, mi niño. Es el primer paso para hacerse amigos. El pollo más atrevido adelantó una patita y dijo un “piiiiooooo” suave… mirando a Amalia. Los otros le imitaron y la serpiente de poco en poco, fue liberándose de su espiral y volviendo a desplazarse de forma silenciosa por el suelo. Se diría que estaba sonriendo.

Cuando estuvieron muy cerca, Isaac, el pollo más amarillo, rozó con sus plumas a la serpiente y le hizo cosquillas. Amalia nunca había sentido algo tan suave y quiso más… muchas más caricias como aquellas. Así fue como esa tarde los pollitos y Amalia jugaron a rozarse, a pasar por encima o por debajo de los otros, y sin que hicieran falta palabras, se lo pasaron muy bien –

- Pero mami… había o no había un pollo… muuuuueeeeertoooo? – Alfredo no podía más… era un lagarto muy impaciente.

- ¿Ya no puedes esperar más, eh…? – Sonreía la madre de Alfredo, mientras se preparaba para seguir con la historia.

- Lo que sucedió no es cosa de broma, hijo mío. Arriba del árbol que les daba sombra, apareció de repente un mono envidioso. Él no sabía nada de juegos con otros animales porque sólo jugaba con los de su especie y claro, cuando vio que eran felices los pollos con la serpiente, se puso a pensar en cómo fastidiarlos. Así que comenzó diciendo a la serpiente que los pollos no eran amigos porque picaban y hacían sangre. Luego gritaba que las serpientes se alimentan entre otras cosas de pollos como ellos… Y así se llevó varias horas sin parar, mientras poco a poco, entre ellos comenzaba a nacer un poco de recelo… un poco de miedo.

El mono dijo una última cosa que fue definitiva: “yo he visto como tus hermanas las serpientes se pueden comer incluso a un ciervo y tú no puedes con estos pequeños pollos”, y reía a carcajadas. Sea por instinto, sea porque Amalia llevaba toda la tarde sin comer, abrió su enorme boca y se tragó al primer pollo. Todos quedaron tan asustados que no podían moverse. Cuando consiguieron correr e intentar revolotear para avanzar más, Amalia ya se había comido a otro pollo y así los fue cazando a todos en pocos minutos.

Como ella era pequeña y no sabía aún casi nada de la vida, al terminar de engullir al último pollo, se sintió mal. Le faltaba el aire, le dolía la tripa y su color se fue poniendo casi morado. El mono reía sin parar ya que había conseguido lo que quería y ni miraba que Amalia se estaba poniendo muy enferma –

- ¿Y quién abrió la barriga a la serpiente… ? – dijo Alfredo con los ojos como soles.

- Fue la madre de los pollitos. Como no venían a comer salió a buscarlos y llegó justo a tiempo de escuchar la algarabía. Cuando llegó debajo del árbol, sólo estaba Amalia, no veía a sus hijos por ningún sitio. Pero por suerte una pluma que aún estaba flotando en el aire, cayó justo encima del vientre de la serpiente y entonces pudo ver que algo se movía dentro y que lo tenía muy hinchado.

Se acercó con cuidado y movió a la serpiente con su pata, luego con el pico… y nada… Amalia estaba profundamente dormida. Pensó entonces que si hacía un agujero en la barriga, podría rescatar a sus poyuelos y como ella sabía coser, no haría daño a la serpiente porque en cuanto salieran, le cosería la barriga.

Picoteó con fuerza y en unos instantes los pollos pudieron respirar. Luego fueron saliendo uno a uno… –

- Si, perooooo… ¿había o no había un pollo muertoooo? – Alfredo estaba a punto de gritar para que su madre le contara el final.

- ¡¡¡Aaaaaalfreeeeeedooooooo…!!! , despierta hijoooooo, que te llaman tus amigos para jugarrrr … –

La madre de Alfredo lo tenía que llamar cada tarde para que saliera a jugar con sus amigos los pollitos que habían nacido el mismo día que él.

- Mamá… tuve un sueño horrible… y tú no me querías contar el final nunca…. Alguien se comía a mis amigos… y… mamáaaaaa… ¿cuántos pollos han venido? – Alfredo estaba muy nervioso porque se creía que su sueño era realidad

- Hijo… han venido todos. Los cuatro – contestó.

- ¡Ohhhhhhh… noooooooo… falta unooooooooo ! – lloraba Alfredo.

Su mamá le abrazó y le contó un cuento bonito para relajarlo. También le dijo que no todo lo que se sueña es verdadero y que a veces cuando uno quiere proteger a sus seres queridos, sueña que le pasan cosas horribles porque es normal estar preocupados por las personas que nos que nos hacen la vida más bella.

Alfredo volvió a soñar muchos días, pero cuando despertaba ya no lloraba. Contaba el sueño a su madre o lo escribía en una libreta, porque cuando fuera mayor, quería ser el primer lagarto escritor de la historia.


Texto: Magame Guignol
contacto: karmen.valladolid@gmail.com

FIN