Los escaladores
:: Sandra Elizabet Roediger
LOS ESCALADORES
Esta es la historia de tres amigos, bastante vagos por cierto, a los que no les gustaba trabajar. Creían que todo les pertenecía y sin sacrificio alguno, tomaban todo a su paso, sin importarles nada. Eso sí, dedicaban su vida entera a hacer lo que mas les gustaba: escalar. Y eran muy buenos en ello.
En varias oportunidades lograron con éxito subir a altas cumbres y una vez instalados, se quedaban a vivir por un largo tiempo, para aprovechar el espacio gratuito y todo el alimento, también gratuito, que conseguían.
A diferencia de otros deportistas, no contaban con los elementos necesarios para las ascensiones. Solo sus manos, pies y muchas, pero muchas ganas servían a sus interesados propósitos.
En ocasiones escalaban cumbres de formas redondeadas. En otras pequeñas pero llenas de salientes y más de una vez, sufrieron movimientos sísmicos de gran intensidad.
Con tantos viajes, conocían muy bien las montañas. Sabían de los peligros que ocultaban, pero estaban preparados para afrontarlos y nada de esto los asustaba, todo lo contrario.
Para el grupo, ascender y trepar era una necesidad imperiosa, pues les gustaba vivir tranquilamente y sin responsabilidades.
Cada vez que llegaban a una cima, se sentían victoriosos y triunfantes, adueñándose del lugar como si les perteneciera. Allí dormían, se alimentaban y descansaban sobre sus tibias rocas.
Un día, luego de un corto período de descanso, decidieron subir a una montaña catalogada como “Muy peligrosa”, aunque tuviera sobre sus simientes raíces cortas, amarronadas y resistentes que favorecían su escalada.
Por allí comenzaron a trepar, pausada pero firmemente. Ya en la mitad del recorrido, uno de ellos divisó una profunda grieta sobre uno de los costados e inmediatamente dio aviso al resto. Esta hendedura les llamó la atención. Si nadie la había descubierto, era una buena ocasión para hacerlo. Por el formato y similitud decidieron ponerle un nombre: grieta de la oreja.
Lentamente enpezaron a descender. No se podía ver en la oscuridad, pero notaron al tacto cierta textura blanda en sus paredes y un sabroso olorcito a comida. Por supuesto, no les preocupó saber de dónde provenían tantos manjares o si pertenecía a otro.
Como el ejercicio les abrió el apetito, se dieron un gran banquete. Con las pancitas llenas, salieron al rato y siempre colgados, decidieron descansar.
Después de unas horas de digestión, pensaron que lo mejor era apurarse. En las montañas nunca se sabe qué puede ocurrir. En eso estaban cuando de repente sintieron un temblor. Se quedaron quietos, casi no respiraban. Con cualquier movimiento podían caer al vacío.
Al volver todo a la normalidad, continuaron la marcha y de pronto… otro temblor. Mucho más fuerte, mucho más cercano. Nuevamente se quedaron inmóviles para ver que pasaba. Luego de unos instantes volvieron a trepar.
Finalmente llegaron a la cima, sudorosos y agotados por tanto esfuerzo, pero bien valía la pena. El paisaje era increíble y encantador. El lugar muy cálido, seguro y en toda la zona, alimentos para proveerse ¡Qué más podían pedir!
Armaron un pequeño campamento y se instalaron. Pero la felicidad les duró muy poco. Al cabo de unas horas, los temblores volvieron a aparecer con tanta furia, que los tiró boca abajo en el piso. Cada vez eran más intensos y amenazantes.
En un descuido y no sabiendo cómo sucedieron los hechos, sintieron que algo los arrastraba sin piedad, como si los barrieran con una gigantesca escoba. Al reaccionar, se encontraron tendidos sobre largas hileras metálicas tubulares, unas muy junto a otras.
Miraron para todos lados, pues no entendían lo que ocurría. Uno de ellos hizo señas a los demás y se asieron fuertemente a estos barrales, pero sin suerte. Eran fríos y resbaladizos. ¿Qué pasaba? ¿Era una máquina? ¿Algún objeto no identificado? Cuando ya estaban a punto de caer, escucharon una vocesita que provenía de algún lugar, que dijo:
¡Tenías razón, mamá! ¡Encontré tres piojos!
Pero por supuesto ya era tarde. Para estos tres amigos fue su último viaje, su última escalada, su última hazaña deportiva y su última avivada: la de vivir a expensas de los demás.
FIN
Este cuento pertenece al libro "Pensemos con cuentos 2" de Editorial Santa María 2007. Colecciòn "Voy pensando".