Institucional

La libreta de Alfredo

Luego de una peligrosísima batalla, el caballero Alfredo logró vencer al dragón. Durante días enteros había cabalgado por el bosque para rescatar a la princesa Luna, raptada y encarcelada por un brujo perverso en lo alto de una torre. El rey le había encomendado la misión, y si Alfredo lograba rescatarla, se convertiría en el héroe del pueblo, en el esposo de Luna y en el nuevo heredero del trono. Y es por eso que Alfredo se esmeró hasta derrotar al feroz dragón.
Agotado por la pelea, entró a la torre de noventa y nueve pisos y comenzó a contar los escalones. Catorce escalones por noventa y nueve pisos son… ¡mil trescientos ochenta y seis escalones! Sin muchas ganas, Alfredo comenzó a subir, peldaño a peldaño. “Al menos no sufro de vértigo”, pensó. Arriba dormía Luna, quien despertaría con un beso de su amado para casarse con él. Sin embargo, el ascenso del caballero tuvo sus problemas.
Piso ocho.
—Mejor me quito esta armadura tan pesada. No sé por qué tenían que hacerla de metal. ¿No podían fabricar una de telgopor, o de papel? Yo entiendo que no serviría de mucho para defenderme, pero al menos no tendría que quedarme en ropa interior. Y encima me faltan como noventa pisos. Voy a llegar mañana…
Piso catorce.
—Mejor dejo la espada también. Como si no pesara. De regreso al castillo voy a inventar un material para hacer espadas más livianas. Espadas como esta no fueron pensadas para caballeros que deben subir altas torres.
Piso veintidós.
—¿Y por qué una torre tan alta en medio del bosque? ¿No pudieron haber encerrado a la princesa en alguna choza, arrojarla en un pozo, atarla a un árbol? No. Tenían que encerrarla en la punta de la torre, en el piso más alto. ¿Escucho algo que viene de afuera? ¿Serán los pájaros? ¿Quién fue el arquitecto que diseñó esto?
Piso treinta y nueve.
—Ni una ventana pequeña, ni una ventana indiscreta para mirar afuera. ¿Lloverá? ¿Ya será de noche? ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que empecé a subir? ¿Por qué todavía no se inventó el reloj? No puedo creer que falten tantos pisos.
Alfredo, entonces, se detuvo y tomó aire, mucho aire, tanto aire que parecía un globo de cumpleaños. Y cuando se sintió preparado, gritó:
—¡Princesa Luna! ¡Princesa Luna, despierta! ¡He venido a rescatarte!
Pero nadie respondió. Al parecer, la princesa tenía el sueño profundo.
Piso sesenta y cuatro.
—¿Y si me vuelvo? ¿Y si llego y la princesa no está? Tal vez cuando le grité no me escuchó porque la encerraron en otra torre. Sí, en una torre más chica… más baja… con menos pisos. Podría ser…
Los pies cansados. Los brazos cansados. Todo el cuerpo de Alfredo quería descansar. Los ojos se le cerraban. Había pasado días y noches sobre su caballo. Acababa de vencer a un feroz dragón. Y encima ahora debía subir noventa y nueve pisos... Mil trescientos ochenta y seis escalones…
Piso ochenta y uno.
—Esto no se termina más, y si llego a caerme por las escaleras, yo otra vez no subo; no, señor. Que la princesa Luna se quede dormida para siempre, no me importa. Y ahora lo que me falta es que el brujo esté arriba. Lo único que me falta. No puedo más…
Piso noventa y seis.
—Solo unos escalones más… ¿Y cómo se me ocurre dejar la cantimplora con agua en el caballo? ¿En qué pensaba? Qué sed…
Piso noventa y ocho.
—Uno más. Vamos. Yo sé que puedo, solo unos escalones más. Sí, ya está, ya puedo ver la habitación. Veo media Luna… Y ahora veo a la princesa entera. Al fin.
Piso noventa y nueve.
—El momento llegó. Despertaré a la princesa con un beso mágico, la alzaré en mis brazos y me convertiré en su marido y en el héroe del pueblo. Ella duerme tan tranquila, y es tan hermosa…
Alfredo se aproximó a la cama donde la bella princesa dormía, y sus manos fuertes acariciaron el delicado cabello de la mujer. Acercó sus labios a los de Luna y la besó con amor verdadero.
Luna abrió los ojos, miró a su alrededor y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Quién eres?
—Soy Alfredo. Tu padre me envió para rescatarte. Te llevaré al castillo, formaremos una familia y viviremos felices por siempre.
—Sí, qué lindo —dijo ella aún dormida—. ¿Pero por qué no me dejas dormir un ratito más? Estoy exhausta. Además, esta cama es muy cómoda y mañana no tengo que trabajar ni que ir al colegio. Por favor, déjame dormir un ratito más…
La princesa dio media vuelta, se tapó con la frazada y volvió a dormirse.
Alfredo la miró extrañado, y luego pensó: “no es tan mala idea”. Se quitó las botas, le pidió a Luna que le hiciera un lugar en la cama y dijo:
—Después de tanto cabalgar, luchar y subir, creo que debería descansar un rato. Qué suerte que me tocó una princesa remolona.
Y así fue como Luna y Alfredo durmieron felices para siempre.

 

Del libro “Cuentos de princesas, caballeros y dragones”. Darío A. Levin. Ilustraciones: Rodrigo Folgueira. Editorial: Longseller, Bs. As. 2009.

FIN