La Mula Justiciera
:: Mariela Kogan
Una mula bajaba trotando despacito por la sierra y escuchó que a lo lejos alguien lloraba desconsoladamente.
“¿Quién estará tan triste y por qué?” –se preguntó la mula preocupada.
Empezó a buscar de dónde venían los llantos y detrás de unos pastizales vio a un grupo de ñandúes con cara de apenados.
La mula no pudo con su curiosidad y se acercó despacio para preguntarles qué les pasaba.
–Perdón que los moleste, –dijo dulcemente– pero quisiera saber por qué están tan tristes, y si puedo ayudarlos en algo.
–Ay, muchas gracias –dijo un ñandú que lloraba más fuerte que todos los demás– por fin alguien que piensa en nosotros, guuaaaaaaaa –y se largó a llorar aún más.
–Bueno, calma muchacho, así no podrás contarme lo que pasa.
–Sucede que esta tarde hay una gran fiesta para las aves de la región –le contó a la mula otro ñandú del grupo.
–¡Qué bien! –se alegró la mula–. Pero eso suena muy divertido, y no triste. ¿O es que a ustedes no les gustan las fiestas?
–¡Nos encantaaaaaannnn! ¡Guuaaaaaa! –otra vez lloraba y gritaba desesperadamente el ñandú más apenado de todos.
–Bueno, bueno, calma. Sigan contándome por qué están tan tristes a pesar de estar invitados a una fiesta.
–¡Ja! Justamente, estamos tristes porque nosotros ¡no estamos invitados!
–¿Pero cómo? –preguntó confundida la mula–. ¿No me dijeron que era una fiesta para las aves de la región?
–¡Siiiii! ¡Guuaaaaaa! ¡Guuaaaaaa! –lloraba ya saben quien.
–¡Por favor! Ya basta de llantos, –dijo la mula impaciente– no entiendo nada si me hablan llorando.
Entonces un ñandú se acercó al que lloraba desconsoladamente y lo abrazó con su gran ala. –Ven, vamos a buscar unas ricas semillas para comer –le dijo–. Y lo llevó despacito caminando hacia unas plantaciones. Mientras se alejaban del grupo se oía al ñandú que seguía llorando y se lamentaba: –¡No quiero comer semillas! ¡Guuaaaaaa! ¡Lo que yo quiero es ir a la fiesta! ¡Guuaaaaaa! ¡Guuaaaaaaaaaa!
Los ñandúes que quedaron, ahora más tranquilos pero todavía muy tristes, continuaron explicándole a la mula lo que pasaba.
–Resulta que para poder ir a la fiesta hay que saber volar. Eso fue lo que nos avisaron las aves que organizan el evento.
–Si, nosotros fuimos a buscar invitaciones para la fiesta y nos dijeron: “¿Qué clase de aves se creen ustedes si no pueden volar?”
–¡Ah no! ¡Pero eso es discriminación! –exclamó la mula indignadísima.
–Eso fue lo que tratamos de explicarles. Nosotras somos de las pocas aves en todo el mundo que no pueden volar. Y sin embargo no dejamos de ser aves por eso ¿no?
–¡Claro! ¡Mire nuestro pico! –gritó un ñandú eufórico.
–¡Si! ¡Mire nuestras plumas! –gritó otro.
–¡Si! ¿Acaso no ponemos huevos, eh? –exclamó un tercero.
Así todos empezaron a gritar al mismo tiempo: “¡Esto es discriminación!” “¡Nosotros somos aves como cualquier otra”! “¡Queremos ir a la fiesta!” “¡Queremos ir a la fiesta”!
–Está bien, está bien muchachos, ya calma, por favor –pidió la mula–. Ustedes tienen razón, y no voy a permitir que los dejen fuera de esa fiesta. Es una fiesta para las aves de la región, y ustedes son aves de la región ¿verdad?
–Siiiiii –respondieron todos los ñandúes a coro.
–Entonces ¡irán a la fiesta! –gritó la mula revoleando las patas traseras.
–¡Bravo! –gritaron los ñandúes estirando el cuello de alegría.
–Bueno, bueno, calma muchachos. Porque tenemos que idear un plan, una forma de convencer a las aves de que los dejen entrar a la fiesta. Déjenme pensar un momento –dijo la mula y salió a dar un trotecito por ahí nomás.
Parece que la mula se inspiraba mejor caminando. Dio unos pasos para un lado, volvió y caminó para el otro lado. Giró y volvió a caminar para un lado, y para el otro. Para un lado y para el otro…Y de pronto se dio vuelta y dijo: –¡Ya lo tengo! Esto es lo que vamos a hacer...
Y antes de que la mula empezara a contar su plan, un ñandú salió corriendo ligerísimo a buscar a los otros dos que se habían apartado del grupo.
Mientras tanto, en el valle, las aves estaban preparando todo para la fiesta. Tres gorriones hacían guirnaldas con flores secas y después entre dos palomas las colgaban de las ramas de los árboles. Un chajá barría la pista de baile, mientras unos benteveos ensayaban canciones para un show en vivo. Los loros estaban a cargo de preparar la comida y la bebida.
Iba cayendo la tardecita y desde todas partes llegaban aves a la fiesta. Desde las lagunas de los alrededores habían venido flamencos, chorlos y patos.
Una cotorra que estaba paradita en un arbusto era la encargada de dar la bienvenida a los invitados y pedirles sus entradas:
–Adelante Señor Flamenco, qué elegante está usted –decía la cotorra de lo más formal.
–Pase por favor Don Halcón, es un honor tenerlo por acá.
Mientras tanto, los ñandúes llegaron junto con la mula, pero se quedaron escondidos detrás de unos algarrobos. La mula se acercó hasta la cotorra y le dijo: –Buenas tardes, vengo a la fiesta.
–Esteeee…lo siento, –respondió la cotorra– pero esta es una fiesta para aves.
–¿Y cómo sabés que yo no soy un ave? –preguntó la mula.
–Perdón –dijo la cotorra sorprendida– pero cualquiera sabe que usted es una mula.
–¿Y cómo sabés que no soy un ave? –volvió a preguntar la mula–, ¿acaso porque no tengo pico?
La cotorra pensó que la mula se estaba volviendo loca. Y como no tenía ganas de discutir, sino de divertirse, le respondió: –claro, claro, porque usted no tiene pico.
–¿Y porque no tengo plumas, no?
–Claro, claro, porque no tiene plumas.
–Y porque no pongo huevos.
–Claro, claro, porque no pone huevos.
Detrás de la mula se estaba formando una larga fila de aves que esperaba para entrar a la fiesta. Algunas empezaron a chiflar impacientes: “¡Eh! ¿Qué pasa ahí? ¡Queremos entrar!”
La mula siguió con sus preguntas. –¿Es decir que si tuviera pico y plumas y pusiera huevos sería un ave?
–Claro, claro –respondió la cotorra que lo único que quería era sacarse de encima a la mula para que pudieran pasar los invitados que esperaban en la fila.
–¡Entonces vengan amigos! –gritó la mula, y todos los ñandúes salieron de atrás de los algarrobos–. ¡Vengan, vengan, –siguió gritando– ustedes tienen pico y plumas y ponen huevos, entonces son aves! ¡Y entonces pueden entrar a la fiesta!
–Un momento, un momento –se quejó confundida la cotorra– ya les dijimos esta mañana a los ñandúes que no podían entrar.
–Pero recién me dijiste que si tenían pico y plumas y ponían huevos eran aves, ¡y esta fiesta es para las aves de la región!
–Te dije eso porque me hiciste mula –le dijo a la mula.
–Me dijiste eso para que no te molestara, y ahora, “lo dicho dicho está”, y ellos van a entrar a la fiesta.
–¡No! ¡No van a entrar! –gritó la cotorra y se puso más verde que un loro.
–¡Si! ¡Sí van a entrar! –dijo la mula y se empacó como una mula.
–¿Pero qué es todo este escándalo? –preguntó un chorlito que cayó como un chorlito–. ¿Por qué no dejan entrar a los ñandúes y empezamos la fiesta de una vez?
–¡Si! ¡Qué empiece la fiesta! –gritaron las aves que seguían esperando en la fila. ¡Qué empiece! ¡Qué empiece!
–¡Eso! ¡Qué empiece la fiesta! –exclamó la mula–. ¿Y sabés qué? –dijo mirando fijo a la cotorra–. Ahora yo también voy a entrar, y voy a invitar a todos los animales que pasen por acá. Porque no voy a permitir que discriminen a nadie ¡si hay fiesta que sea para todos! –gritó la mula mientras los ñandúes se abrían paso entre las guirnaldas.
Los gritos y el alboroto se oyeron en todo el valle, y desde todas partes fueron llegando animales a la fiesta. Guanacos, cuises, lagartijas, hormigas, mariposas. No importaba si eran aves, mamíferos o insectos, todos se divertían por igual.
El ñandú que antes había llorado desconsoladamente ahora estaba dele bailar rock and roll, moviendo la cola y revoleando el cuello.
La mula estaba contenta, porque se había hecho justicia. Y a ella no le gustaba que las cosas fueran injustas.
La cotorra seguía paradita en el arbusto dando la bienvenida a todos los animales que no paraban de llegar. “Al final esta fiesta está súper buena” –pensaba. Y cuando por fin pasó el último invitado, se fue ella también a la pista, y se pasó toda la noche bailando a lo loco.
FIN