Institucional

La selva de los leones

:: Diego García Conde

Lo que estoy por narrar sucedió hace tanto, tantísimo tiempo, que ya casi nadie se acuerda. Por eso lo cuento.

LA NENA TRISTE

En aquel lugar tan lejano, nació un día cualquiera una nena cualquiera que como cualquiera al nacer, miró el mundo con los ojos bien abiertos.
Sus papás muy contentos pero la nena, triste.
Al principio nadie se daba cuenta pero cuando pasaban los tíos y le hacían monerías y le decían abu tette la nena nada. Ni una sonrisita. Cuando le lavaban la cola a pura risa, la nena, nada.
Le contaron los pies, las manos, los dedos buscando el origen de su tristeza pero estaban todos. Le hicieron cosquillas con una pluma y la nena, nada.
Con el tiempo se acostumbraron a su ceño fruncido y siguieron con sus cosas olvidando el asunto.
A la mañana la sentaban con su tristeza al borde del camino y al mediodía la buscaban. A la tarde igual, y la nena, nada.
Por el camino todos iban muy concentrados en sus cosas, ni la miraban casi. El mercader con sus mercancías, el domesticador de loros con su gorra policial y sus jaulas, la vaca con su buena leche, la apurada con su apuro y así todos. Y la nena los miraba y la nena nada. Ni mu.
Pasaba la gente por aquel camino y pasaba el tiempo. Pasaban bandadas de bandurrias hacia el norte y al tiempo volvían a pasar hacia el sur, pasaban cosas insignificantes y pasaban cosas importantes, pasaba la vida misma y la nena, nada.
De todos los días que pasaron hubo uno diferente. Un mono que era una monada cantaba por el camino muy contento hasta que prestó atención a la tristeza de la nena. Se paró frente a ella, le hizo mil monerías y la nena, nada. En vez de seguir de largo, hizo mil esfuerzos vanos hasta que le empezó a entrar una tristeza profunda por todo el cuerpo. Lloró. La nena no.
Pasó un anciano que se sorprendió al ver un mono triste. El anciano contó mil historias y la nena, nada. También lloró abrazado al mono.
Tres caminantes se sorprendieron. Al cabo de unas horas los que estaban al fondo de la multitud se abrazaban y lloraban a borbotones con inmensa tristeza. Pasó una vieja y preguntó qué pasaba. A coro le respondieron: es como la vida misma, la nena está tan triste que no se puede seguir así. Y la nena, nada.
Cuando la multitud incluyó a todos, negros, blancos, amarillos y albinos. Gordos, flacas y patichuecos, narigones y orejudos, pobretones y costureras. A todos alrededor de la nena, alrededor del mundo en un mar de llantos agitados. Y la nena se puso colorada. A la nena se le inflaron los cachetes cada vez más rojos.
La multitud se quedó en silencio, expectante.
En medio de ese silencio profundo sonó un pedito, y la nena estalló de la risa. Las lágrimas siguieron brotando de los ojos pero ya no de tristeza. La gente no paraba de reír, se abrazaban todos con todos y se revolcaban por el suelo de la risa. Se agarraban la panza, se reían y cada tanto repetían pedorretas con la boca para volver a reír.
Fue la primer carcajada universal que hasta el día de hoy nos hace reír cada vez que una nena …

FIN