Puede parecer utópico pretender que las fuerzas de seguridad del Estado, en esta Argentina del Bicentenario (cualquier mención de la circunstancia se vuelve irónica) se ajusten a los procedimientos legales y cumplan con los derechos humanos consignados en la Carta Magna y en los Pactos suscriptos e incorporados a ella. Pero no queda más remedio que intentarlo. Intentarlo cada día, todos juntos, sin bajar los brazos.
De cualquier manera, ante ese Estado injusto que encuentra en la represión legal y e ilegal su única razón de ser, el pueblo habrá de generar organización, autodefensa y solidaridad. Gracias a esa organización, rasgando la permanente red de impunidad, numerosos criminales de uniforme fueron denunciados, juzgados y condenados, tanto por la Justicia como por la sociedad.
¿Podremos vivir alguna vez en una Argentina donde el gobierno se proponga eliminar la pobreza, y no a los hijos de la pobreza? La respuesta, como cantaba aquel juglar del Norte, está soplando en el viento.